Todo fluye a mi alrededor; arde, se congela. Advertencias de unos y promesas de otros. Casi no puedo respirar por mí misma, esa gran bocanada de aire de la que hablé todavía no ha llegado a mí. Hago un esfuerzo por moverme; ni un músculo es capaz de contraerse en todo mi cuerpo. No tengo miedo. No temo que no vuelva. Si no lo hiciera, sería uno de los seres más estúpidos de la Tierra a tal nivel de que mereciera la pena odiarle.
Estoy sola, tirada en el suelo, sin poder moverme. Intento gritar; un débil susurro sale a trompicones por mi garganta y un par de lágrimas perdidas recorren mis mejillas. Quiero pensar que soy feliz, que no te necesito, que una sola sonrisa que se plante en mi cara como si nada puede ser verdadera sin ti, que no eres como me dicen, un niño que juega conmigo como el que juega con soldados de plástico. Hace apenas una semana, podía tocar el cielo con mis propias manos, alcanzar las estrellas, tocarlas, sentirlas. Ahora estoy enterrada. No, no a dos metros, a muchísimos más. Ya siento el calor del infierno, calor que debería sentir al estar entre tus brazos, acurrucada, como en el único refugio en kilómetros a la redonda en una gran tormenta.
Solo puedo decir que echo de menos tu sonrisa...
...pero más la mía.
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